viernes, junio 06, 2008


Vicente decide que si el semáforo está verde se lo dirá hoy. Se asoma a la ventana. Está verde. Intermitente pero verde. Le va a pedir salir a Adela. En la última carta le decía que tenía muchas ganas de verle. Él no le ha contado que le han comprado una vespa, para que se lleve la sorpresa y para impresionarla. También se le ha desarrollado la nuez, no sirve para mucho pero le hace parecer interesante.

Llega al portal de Adela a las 20:02. Capicúa. Está claro que el destino está de su parte. Mientras espera a que baje juega a dar a una lata con una piedrita. Se dice que si le da con la siguiente, Adela le va a decir que sí. Falla. Entonces es a dos de tres. Lo consigue. Adela caerá en sus brazos.

Se apoya en la moto de la forma que le parece más atractiva o indicada según los cánones de publicidad de perfume masculino. Es difícil hacer compatible esta postura con la exhibición de su nuez. En estas anda Vicente cuando sale Adela del portal. Joder, cómo se ha puesto. Está tremenda. El pelo, la piel, las piernas, las tetas. Dios, que tetas. Se lanzan a abrazarle.

-Qué ganas de verte. ¿Y esta moto? No veas si mola, ¿no?

Vicente tiene un nudo en la nuez.

-Eh, qué pasa, tía. – le dice

Adela se monta en la moto. Si se agarra a la cintura es que quiere salir con él. Y Adela se abraza, vaya que si se abraza. Vicente siente en la espalda sus tetas achuchadas.

Paran cerca del puerto. Un paseo, al atardecer, junto al mar…Es el marco más apropiado. Es romántico. Es un buen sitio para declararse y no olvidarlo jamás. Adela le contaría a sus hijos en la cena de su aniversario de bodas: vuestro padre se me declaró en el puerto de Santander, dónde iba de vacaciones. Y alguna mujer de la mesa de al lado les miraría con envidia.

La marea está baja. En el tema de las mareas nunca se sabe qué es lo bueno. Qué esté alta o baja.

-Qué chulo, ¿eh?- Adela señala un yate a lo lejos. Vicente está pendiente de la frenética actividad bajo los grandes trípodes de carga y descarga.

-Mola- contesta.

Las grúas suben y bajan en una coreografía perfecta. Los estibadores van y vienen con una peculiar cadencia, solo falta que se pongan a cantar, como en un musical. Dos gaviotas se posan sobre un montón de bidones. Todo es una gran señal. El amor esta ahí. En ese momento.

Entonces, un gran estruendo, como de 1000 cadenas cayendo desde 1000 metros de altura, suena a la par que Vicente dice:

- Te quiero, Adela.

Han comenzado a descargar la chatarra. Adela achina los ojos para que se le abran los oídos.

- ¿Qué?

- Que te quiero.

El sonido de 100 conciertos de música heavy suena a la par que sus palabras y les envuelve como el olor a salitre del mar.

Adela tira de él para que se aparten del ruido. Cuando llegan a la moto, Adela le mira con una gran sonrisa:

- Déjame en el centro, anda, que he quedado.

- Con quién.

- Con Salva, el catalán, estamos enrollados, bueno, saliendo.

- No me habías contado nada.

- Tampoco ha surgido el momento. ¿Qué te parece?

- Guay.

La matrícula de la moto es la fecha de cumpleaños de Adela, 28 02. En la nuez de Vicente bailan kilos de chatarra incandescente. Y le bajan hasta el estómago sin hacer ruido.

viernes, abril 18, 2008

El extrañamiento


LA BUENA SUERTE

Los dos hombres juegan a las tragaperras en un bar freiduría de la calle Bravo Murillo. Están el uno junto al otro, cada uno en una máquina. El sonido de feria de las máquinas y la voz metálica que dice: “Avance, avance. Uno, dos, tres”, se mezclan con el tintineo de tazas y cucharillas que el camarero pone sobre las hileras de platos. La mayoría de la gente está sola y no habla. Entra un señor con una mochila y gafas, se parece a Valle-Inclán. El camarero, al verle, le pregunta en un grito:
-¿Coca-cola?
De los hombres de la máquina hay uno joven y uno viejo. Además, un chino con los dedos amarillos de fumar, porque no para de fumar, está tras el viejo asintiendo con cara de listillo. El viejo está nervioso. La máquina es demasiado moderna y no sabe aprovechar la jugada especial de la parte superior. Son luces formando un laberinto con dibujos de pirámides egipcias y un panel de momias, tesoros y faraones. Mira constantemente a la máquina de al lado. El hombre joven, impasible, introduce monedas de forma automática y da a los botones como si tuviera pensado cada movimiento desde antes de salir de casa.
- Esa es más fácil – confiesa el viejo. El joven le hace un gesto para que cambien de sitio pero el viejo niega con la cabeza rotundamente, como si le tomaran por tonto.
El señor que se parece a Valle-Inclán murmura algo a las dos porras y a la palmera de chocolate que lleva en un plato, están ya mordisqueadas, seguramente se lo dan por caridad. Se sienta en uno de los taburetes del ventanal que da a la calle. Come y mira a su alrededor con avidez.
El chino que fuma sin parar trata de aconsejar al viejo sobre las jugadas, señala varios botones luminosos asintiendo con vehemencia. El viejo da una manotada al aire como para espantarle y dice a nadie en particular:
- Este lo que quiere es que le caliente la máquina para llevárselo él. Pues está listo.
El hombre joven le mira sin hacerle mucho caso, tiene la próxima moneda en el filo de la ranura, la introduce, le faltan varios dedos de la mano derecha. De hecho, solo tiene el pulgar y el dedo corazón. Los dos más pequeños están totalmente amputados y donde debería estar el índice hay un muñón arrugado. La verdad es que no tiene pinta de dedicarse a un peligroso trabajo manual. Lleva un traje, más bien barato pero un traje, su complexión es desgarbada, la piel fina, los gestos no son rudos: ese hombre no ha manejado en su vida una radial o un martillo hidráulico.
“Avance, avance. Uno, dos, tres”, suena la máquina del viejo.
El hombre joven de los dedos amputados trata constantemente de que le salgan tres fresas. No es la jugada con mayor premio pero él siempre pulsa los botones para mantenerlas en la línea de premio. Una superstición, quizá. También puede haber sido un accidente casero, colocando una ventana tal vez. O algo le aplastó la mano. No, no es eso. Allí dónde está el corte hay algo de desgarro, como la mordedura de un animal, no es un corte limpio. Se acerca a la barra a cambiar. El chino mira codicioso la máquina vacía pero se mantiene en la chepa del viejo. El joven le da al camarero un billete de cinco, lo entrega con su mano derecha, con total naturalidad. El camarero parece no darse cuenta. Una joven sudamericana pide que le cobren impacientemente. Está embarazada y de mal humor. En cambio, en el taburete de al lado, una mujer del servicio municipal de limpieza, con el traje fluorescente puesto, se come feliz un croissant con café. Se la nota radiante.
“Avance, avance. Uno, dos, tres”. El chino hace insistentemente el número tres con los dedos de una mano, mientras con la del cigarro apunta a una momia y a una casilla iluminada. El viejo frota sus dos últimas monedas entre sí, como si el roce les cargara de poderes, en la última jugada suena una musiquilla oriental. Quince euros. Gira la cabeza hacia el bar, orgulloso de su premio. Sonríe con su cara arrugada y seca, no es un gesto en el que se sienta cómodo. Le da un codazo con familiaridad al joven y mira con soberbia al chino, que se comporta como si el dinero fuera suyo. El viejo se lo juega de nuevo en un abrir y cerrar de ojos y lo pierde todo.
Es entonces cuando al hombre joven de los dedos amputados le salen tres ciruelas en la línea de premio. Se acumulan en su contador doce euros y a partir de ese momento todas las partidas tienen premio. No dejan de caer monedas, exactamente los ciento cincuenta euros del bonus especial que anuncia la máquina. El chino da una larga calada a su cigarro y lo consume hasta la colilla. El viejo dice a cada rato:
- Te lo dije, te lo dije.
El joven recoge su premio arrastrando las monedas hacia la mano sana y guardándoselo directamente en los bolsillos del pantalón. Llenar el bolsillo izquierdo con la mano derecha le resulta más trabajoso y se le cae alguna moneda que recoge con paciencia. El chino también se agacha a recoger un euro del suelo y se lo tiende, el joven la coge con su media mano, sonríe y la echa en la máquina del viejo guiñando un ojo.
“Avance, avance. Uno, dos, tres”. Las pirámides, las momias, los faraones, todas las luces empiezan a moverse y a brillar y a dar vueltas y a sonar las mil y una noches.
Durante unos segundos en el bar freiduría de la calle Bravo Murillo se para el tiempo y se convierte en un escaparate de maniquíes estáticos, los clientes miran en silencio a las tragaperras; mientras, el viejo, el chino y el hombre joven de los dedos amputados aparecen iluminados por la gran bola de la discoteca de la chatarra. Cuando todos vuelven en sí, el viejo pega una patada a la máquina y la zarandea con las manos.
- Oiga, que el dinero es suyo – le dice el joven.
- Métetelo por dónde te quepa – le contesta el viejo y se va muy enfadado. El hombre que se parece a Valle-Inclán suelta una sonora carcajada.
El chino comienza a verter sobres sí montones de monedas haciéndose un embozo con el jersey ante la mirada atónita del hombre joven.
- Tráete eso para acá, que necesitamos cambio – gritan desde la barra.

lunes, febrero 11, 2008

La metáfora de situación

Al día siguiente, Marisol se sentó frente a la pantalla del ordenador y escribió: “Se busca perro cocker de 8 años. Es de color negro con una mancha blanca en la tripa. Responde al nombre de Rufo. Le queremos mucho”. Borró rápidamente la última frase y escribió algo distinto. Rufo era de su ex y lo habían criado juntas. Luego, la otra se había largado y le había dejado al chucho. No tenía valor para abandonarlo o sacrificarlo pero lo consideraba un verdadero incordio.

En la plaza dónde había desaparecido, un par de sombras muertas de frío paseaban encogidas mientras sus perros olfateaban el suelo mojado. Marisol pegó el cartel en farolas y árboles. Como la foto era en blanco y negro no se distinguía bien al animal, pero pensó que bastaría.

En la mampara gris que separaba su puesto de trabajo del resto aún estaba la foto de la pareja con el cachorro. Marisol no la había quitado tras la ruptura para no tener que dar explicaciones. También había unas pegatinas de los bollos y entradas de cine.

Nadie llamó ese día. Regresó dando un paseo, sin prisa porque no tenía que sacar a Rufo. Al entrar en casa se sintió liberada y un poco culpable.

Se despertó en el sofá a las tres o las cuatro de la mañana. Hacía frío. En la tele tienda un tío exhibía sus abdominales. Marisol acarició un cojín y se lo llevó a la cama para que hiciera bulto. La costumbre.

El grifo de la ducha le devolvía la imagen de su cuerpo deformada, abombada, como los espejos esos del parque de atracciones. El vapor invadió el baño y lo borró prácticamente todo. Al cerrar el grifo el silencio era atronador, como si las ondas estuvieran huecas. Encendió la radio. Una voz de hombre recitaba titulares. Trató de imaginarse al periodista en el estudio, con los cascos enormes y los micrófonos y un jersey verde.

Esa noche se emborrachó con sus compañeros. Estaban en un pub irlandés con mucho humo y ella contó lo de Rufo. Bebieron a su salud. Una pareja se metía mano descaradamente en una mesa, no actuaban con precisión, era más el hecho de sobarse, de mostrar su deseo públicamente. Oyó a uno de los chicos con los que iba decir “sándwich de pavo” mientras otro miraba fijamente su culo. De camino a casa se paró en uno de sus carteles: “se gratificará” ponía al final. Marisol se fijó en unos mendigos que dormían junto a la entrada del parking y le entraron muchas ganas de bronca, de que la atracaran o algo así, de violencia suya o contra ella. Rufo también la sacaba de quicio, era un perro maniático. Ponía el hocico en su rodilla hasta babearle el pantalón y no se movía. Cuando volvía de madrugada, como aquella noche, se tiraba una hora ladrando a la puerta: “si ya estoy en casa, porqué ladra a la puerta”, pensaba Marisol.

Llamaron al trabajo, por el anuncio del perro. Que si quería un cachorro. Carroñeros hijos de puta.

El fin de semana lo dedicó a limpiar los armarios, comprar velas y bombillas, reciclar aceite e ir a la peluquería. Su ex no le cogía el teléfono y le dejó un mensaje en el contestador:

- Rufo se ha perdido. A lo mejor está muerto. Pero a ti te da lo mismo porque eres y has sido siempre una egoísta. Conmigo el pobre ha estado bien y te juro que si le pasa algo es por tu culpa, por no haberte preocupado. Por lo menos devuélveme la llamada para ver como estoy.

Tiró la comida y el agua que aún estaban en los cuencos del perro. Luego llamó a un chino pero colgó antes de hacer el pedido y se propuso adelgazar. Hacía tiempo perdió cuatro kilos tomando solo jarabe de arce durante diez días.

La semana siguiente fue un bloque informe, sin matices. Trabajó sin apenas levantar la vista, bebió jarabe de arce, vio la tele y jugó a la Play Station para matar el tiempo. Entre un día y otro pasaba una vida entera que por la mañana se olvidaba, como quién quita una pelusa de un abrigo. Y luego, vuelta a empezar. Aguantó siete días con estoicismo, se sentía como si tuviera que atravesar un desierto. Perdió dos kilos. En el trabajo alguien le dijo que tenía mala cara.

Una mañana se imaginó corriendo con Rufo por una playa larga y blanca. Llamó a la perrera: no, no habían encontrado ningún cocker. Hizo copias del cartel con la foto en color. Por la mañana y por la tarde salía a pegarlos por ahí, en las paradas de autobús, en las tiendas de animales y en los comercios del barrio. También mandó un a-mail a toda la oficina. A Marisol le daban palmadas en el hombro y ella sentía que flotaba como un globo de feria.

Pasado un mes y medio visitó un albergue. En las jaulas, perros de orejas caídas se revolvían nerviosos y se pegaban a la reja buscando el calor de sus manos. Algunos simplemente tiritaban ateridos. Uno hacía monerías en cadena, sentarse, dar la pata, hacerse el muerto. Marisol recorría los pasillos con urgencia, casi por compromiso, no quería ver más aquello. Entonces le vio. Rufo estaba de pie, tranquilo, casi sonriendo. La saludó con un alegre aleteo de rabo y se tumbó en la arena como pidiendo que le hicieran cosquillas, después se impacientó y se puso a ladrar con fuerza. A Marisol se le caían lágrimas y daba saltos de alegría. Abrieron la puerta y se lanzaron uno contra otro, se abrazaron, se besaron, jugaron como en los momentos felices que en las tv movies aparecen proyectados en 8mm. Aquel perro no tenía la mancha blanca de la tripa pero daba igual.

lunes, enero 21, 2008

La disgresión

- No me puedes dar esto- dije esgrimiendo un boquerón en las narices del pescadero.

Y continué:
- Sabes que estoy en paro y no te pido que me regales nada ni que me tengas compasión, solo pido un poco de humanidad, un poco de ser personas, nos vemos todos los días, comemos lo que nos das y no tienes la decencia de decir, “boquerones, no, Paula, llévate unas pijotas hoy”. No miras a la cara de la gente ni a la de los peces ni a nada que no sea tu bolsillo. La gente somos más que eso, la gente somos personas y necesitamos que nos cuiden.

Me acerqué a un chico de treinta años que llevaba gafas y una carpeta azul y acompañaba a su madre a la compra.

- Solo pido un poco de humanidad.

El de las gafas apartó la vista y sujetó del brazo a su madre. A su edad, con esas gafas, esa carpeta, del brazo de su madre. Yo antes trabajaba en una peluquería. Tenía un compañero llamado Iván, llevaba unas enormes gafas marrones de pasta y debía tener alguna pasión oculta: los cómics porno, coleccionar navajas o quizá construía muebles con material reciclado. Hablaba poco y no se reía nunca. Me gustaba su cinturón para los peines, me dijo que se lo trajo de Londres.
En la pescadería del Supermercado, la gente me miraba como si estuviera loca. Faustino, el pescadero, que al principio estaba asustado, ahora sonreía como si estuviera en un programa de cámara oculta. Tenía los brazos en jarra, con los puños en la cadera. Un pequeño trozo de carne viscosa se posaba uno de sus puños. Agitó la mano:

- Ya está bien, Paula, todo el mundo tenemos problemas.

Me fijé en que en las uñas llevaba un ribete de sangre reseca. La vista de la unión del pelo con el cuero cabelludo es algo desagradable, blando, prenatal, extraterrestre. Por eso odio los tintes pelirrojos. Si les lavo el pelo siento que estoy removiendo las vísceras craneales del cliente. A mi jefe no le gustaba que llamara a los clientes “clientes”. Había que llamarles por su nombre de pila, sobre todo si son diminutivos: Josito, Patxi, Susi. Mi jefe era calvo y tenía dos bulldogs franceses. Creía en el Feng Shui. Los clientes (Toñín, Cuca) solían hablarme de sus casas, sus viajes, sus perros con Paula. Yo me inventaba revistas que había leído para que la conversación no se marchitase. O les contaba lo que me había dicho otro cliente: “He leído que Etiopía es precioso, en cuanto a paisajes, luego debe ser difícil ver la situación en la que viven”. Es como si traficara con las ideas de unos y de otros. “”Ibiza es genial fuera de temporada”, “El bengué, a mí me encanta el bengué”. Mi jefe prefería tocar temas personales. Se sabía la vida de todos y les daba lecciones de autoayuda. Les decía frases como: “Deja que el río siga su curso”, “es peor la indecisión que equivocarse”, “cuando menos te lo esperes, pasará”.

Además del chico aferrado a las faldas de su madre, había un par de personas más en la pescadería de Faustino. Una vieja que había sustituido sus labios por un pegote de carmín rojo y otra mujer, de cabello ralo, que vestía un abrigo de astracán bajo el que se veían los pantalones del pijama y unas zapatillas negras.

- Cámbiale el boquerón, Faustino, que no tenemos toda la mañana- dijo la mujer del pijama.
- Si no es el boquerón, Juana, es el número que me está montando. Tú sabes que yo soy un trabajador honrado y no me merezco que una tía loca venga a espantarme a los clientes- contestó el pescadero.
- Es injusto. Sólo digo que es injusto. Todos somos parte de lo mismo. Tú, yo, estos señores. Los peces son como tú y como yo.

Yo esperaba que alguien se solidarizara conmigo pero no sucedió y me daban banas de llorar de impotencia. Miré las ristras de peces sobre el hielo, brillantes, ordenados, muertos, apetitosos. Un montón de brazos de pulpo. Con esas ventosas que parecían pequeños anos rosados. Los cangrejos hacinados en varias cajas se revolvían agonizantes. Era dantesco, acabarían ardiendo en el infierno de la cazuela. Levantaban las pinzas y se pisaban unos a otros. Movían las patas como si fueran picos de pájaro pidiendo comida. La otra chica que trabajaba en la peluquería, Miriam, era gogó en un afterhour los fines de semana. Se sentía muy orgullosa. Compraba ropa y complementos a diario: “La ropa es lo de menos, lo que te da el look son los complementos”, solía aconsejarme. Miriam conocía a todos los gays de la ciudad. No hablaba bien de ellos. De las chicas tampoco. No hablaba bien de nadie porque creía que todos la envidiaban. Decía que a los heteros les asustaba una chica como ella.

- ¿Quién va ahora?- dijo Faustino. Los clientes se reagruparon a un lado del puesto y me dejaron sola. Solté el boquerón que aún llevaba en la mano.
- Ponme dos lenguadines- dijo la madre del cobarde de gafas.

De pronto, una alegría parecida a la venganza me invadió de lleno. Se me aceleró el corazón, me cosquilleaban las manos. Noté un vacío en medio del pecho, lo llené de aire para darme valor, apreté los dientes, cogí fuerza y agarré los cajones de los cangrejos y los vertí en suelo uno a uno. La señora del pijama pegó un alarido. De entre los montones caídos comenzaron a removerse decenas de cangrejos como muertos vivientes y, al verse libres, comenzaron a correr histéricos en todas direcciones.

- ¡Corred, corred! – gritaba yo bailando con alboroto como una niña entre columpios.

Los cangrejos corrían, la gente se apartaba y empujaba las estanterías de los alimentos. Las cajas caían. La vieja se desmayó. El guardia de seguridad blandía su porra en el aire comos si los cangrejos volaran. Un cliente, se llevó un porrazo y llamó a la policía. Los dependientes salían de los mostradores, Faustino, a gatas, hizo una trinchera con paquetes de arroz para acorralar a los bichos que no tenían fuerzas para huir. La cola de la caja rompió filas y la madre y el hijo se colaron con dos lenguados robados. Algunos cangrejos salieron a la calle. Uno se coló por una rendija que debía dar al almacén de la ortopedia. Seguramente no sobreviviría, no tendría una muerte heroica pero al menos había escapado de su destino. Moriría aplastado por una prótesis de rodilla en lugar de apartado junto a los guisantes en el plato de un niño.
Yo cogí un cangrejo y lo metí en mi bolso. Para salvarlo. Lo llevaría al mar y empezaría una nueva vida. Luego atrapé a otro. Los soltaría juntos, procrearían, surgiría una nueva especie.

viernes, enero 18, 2008

La rana de Coney Island

Decidieron que irían al cine a la sesión matinal y luego a un autoservicio de lavandería porque Elena nunca había estado. Habían cargado con los edredones desde su coche y allí estaban: Elena como una niña en el museo de ciencias naturales y Javier como un profe en el museo de ciencias naturales. Sólo había otro hombre, que hacía una sopa de letras mientras esperaba. Sacaron unas cervezas y se sentaron frente a su programa de lavado. Pasaron unos segundos en silencio, mirando a la máquina y dando algún trago a la cerveza. Entonces Elena, casi de improvisto, chocó su lata con la de él.

-Por las palomitas gratis.

Javier se asustó un poco pero reaccionó rápido.

- Ah, ya te dije que mi amiga era muy enrollada. Nos conocemos desde pequeños, casi.

-Me he puesto morada, ahora tendré que hacer dieta de muesly durante una semana.

-Exagerada eres, mujer.

Pero la verdad es que Elena tenía carnes demás. Y papada. Y era mayor. Cinco años más que él.

Ella se rió como acordándose de algo.

-Qué buena la peli. Cuando entra el novio en la habitación.

Javier asintió sonriendo y luego se quedó mirando con gravedad hacia el infinito.

-Así gira la vida-musitó.

Elena trata de averiguar qué extrañas señales está percibiendo Javier del cajón del detergente.

-La vida son círculos-continuó él-no es estar arriba o abajo. Hoy estás aquí y mañana allí. Girando. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Claro que le entendía. Ahora iba a contarle otra vez cuando fue campeón de tiro. Apenas habían hablado una docena de veces y ya se repetía como los abuelos de la guerra. ¿Era eso lo que Elena quería para su vejez? ¿Estar dando vueltas como un calcetín alrededor del eje de la lavadora?

-Sí. Que lo importante es el camino, no la meta.

¿De dónde sacaba aquella mujer las frases? ¿De un manual para ser Paulo Coelho? Además no se refería a eso. Eso le sonaba a lo de ”lo importante es participar”.

-Sí, claro, lo importante es participar, no te jode- Javier bebió de su lata.

- Y a ti no te gusta perder ni a las chapas ¿no?- Elena fue a la máquina, echó el suavizante y se sentó de nuevo.

No tenía que haber dicho eso, pensó cada uno por su lado.

- ¿Te he contado lo de Coney Island? – preguntó Javier

- No, ¿qué te pasó?

Se había pasado dos horas jugando en los puestos de la feria sin fallar un solo tiro. Llegó al hotel con un montón de regalos y una bolsa entera de ranas de plástico, de esas que tienen una pestaña atrás para hacerlas saltar con el dedo. Sólo le quedaba una. Era más importante que cualquier medalla que hubiera ganado con anterioridad.

Elena escuchó la historia con atención pero no dijo nada. De pronto, se levantó y enfocó su oreja hacia algún punto.

- Suena como música ¿lo oyes?

Las máquinas de lavado trabajaban al ritmo de su propio chunda chunda. Elena dio unos pasos de cha cha chá. El otro hombre y Javier la miraron extrañados.

En la calle empezó a llover y el repiqueteo de las gotas contra el suelo sonaba como aplausos.

Las carnes del culo le temblaban a aquella mujer como un trozo de gelatina sobre una lavadora centrifugando.

- ¿Sabes que una vez vi actuar a Celia Cruz?- dijo Javier.

- Ven, que te enseño – contestó Elena.

Javier se levantó de mala gana y ella trató de enseñarle unos pasos. Qué tío soso, tenía el mismo ritmo que un ladrillo envuelto en cemento. Sonreía como si fuera guapo. Se afeitaba, se peinaba y se vestía como si fuera guapo, pero no lo era. Bailaban agarrado de la cintura él, del hombro ella.

En un momento dado, arrimaron las caderas. Sus movimientos eran muy lentos. La lavadora centrifugaba a toda potencia. Diluviaba fuera. Se miraron a los ojos. Sonó el clonk del final del lavado. Elena se separó suavemente y dijo:

-Salvados por la campana.

Se puso a sacar los edredones de la lavadora, cuando se volvió hacia Javier él le estaba ofreciendo su ranita de Long Island. Ella soltó la ropa y le abrazó. Se besaron apasionadamente, girando como bailarinas de una caja de música, pisoteando las telas en el suelo.

- Va a haber que lavarlos otra vez.

- Tenemos todo el tiempo del mundo.

viernes, diciembre 21, 2007

Los impertinentes

Al abrir la puerta sonó un fuerte cascabeleo encima de mi cabeza. Un sitio así tenía que ser especial. Aquellos objetos de latón chocando entre sí para avisar al dependiente de mi presencia me hicieron pensar que aquella tienda era un lugar con encanto. Un hombre de unos cincuenta años, que parecía sacado de una foto antigua, emergió de un fondo plagado de muebles, lámparas, libros y adornos que pertenecían a la misma foto gastada. Como de cuento, recuerdo que pensé.

- ¿Qué desea la señorita?- “Señorita”.
- Busco unos impertinentes ¿sabe lo que son?

El hombre arrugó el gesto. Si aquello significaba que no lo sabía es que yo no estaba en el sitio adecuado. Mis impertinentes tenían que provenir de un lugar auténtico y especial. No debían ser un simple objeto, tenían que ser magia. El hombre miraba hacia arriba como si el techo estuviera plagado de estanterías de objetos pequeños como dedales.

- Tendría que hacer una llamada.

“Una llamada. Hacer una llamada puede significar que no sabe lo que son y necesita preguntar a alguien. Pero ¿por qué no me pregunta a mí? ¿Quizá se da cuenta de lo importancia que le doy a mi regalo y no quiere parecer un ignorante?”

- ¿A quién tiene que llamar?- le espeté secamente.
- Recuerdo que había unos nacarados, muy bonitos, nácar y dorado, muy bien conservados. Pero no me acuerdo dónde.
- Y va a llamar a alguien que sabe dónde pueden estar.
- Eso es.

Yo iba con la idea de que cuando buscas un regalo especial todo tiene que salir a pedir de boca. Los impertinentes me saltarían a los ojos. Se presentarían ante mí de forma clara e ineludible. Tener que hacer una llamada, buscar, esperar…Eso lo estropeaba todo.
- Si tiene que llamar no los quiero- El hombre arqueó las cejas, tenía aspecto de refugiado de la guerra, de haber pasado mucha hambre, por eso se había quedado casi en blanco y negro, sin el color del progreso. Asintió vehementemente y se dirigió a una vitrina.

Entonces pensé que en las historias fantásticas a veces hay reveses que hacen que parezca que el protagonista no va a cumplir con su destino. Pero luego se demuestra que aquella contradicción, aquel problema era imprescindible para llegar al tesoro. Así es cómo el héroe demuestra su convicción y se hace merecedor del premio. El hombre escudriñaba en una tercera vitrina plagada de cachivaches. Yo aguantaba estoicamente, convencida de la recompensa: en algún rincón oculto a los ojos de la gente vulgar, estaban los impertinentes más bellos de la historia aguardando a que yo fuera algún día a por ellos para regalárselos a mi novia en señal de amor eterno. Cuando una quiere demostrar amor eterno no vale con ir a un almacén y señalar una etiqueta. No. El amor verdadero requiere de….

- ¡He encontrado esto!- el hombre interrumpió mis pensamientos y puso algo negro sobre el mostrador.
- Esto es… ¡unos prismáticos!- le dije casi llorando de decepción.

El dependiente quitó rápidamente aquella basura de mi vista y se fue a hundir medio cuerpo en un viejo baúl. ¿Era aquello otra prueba o me estaban tomando el pelo? Empecé a dudar. Quizá aquel no era El Sitio. Era una tienda cochambrosa regentada por un ex militar alcohólico que quería sacarme los cuartos. Nada de lo que comprara allí impresionaría a mi amor, ninguno de aquellos enseres polvorientos podrían representar ni una infinitésima parte de la materia celestial que unía nuestros corazones. Tan ensimismada estaba en mis trágicos pensamientos que no me di cuenta de que el señor estaba de nuevo frente a mí. Le miré a los ojos y vi campos de batalla y riachuelos. Me conmovió. Le compraría algo, cualquier cosa, una ménsula o un tenedor. Su búsqueda no había dado los frutos que esperaba pero yo tenía amor dentro y debía ser generosa.
Él pareció entender la oferta de mi mirada y bajó la vista y allí, bajo su rostro y el mío, estaban ellos: los impertinentes. Nácar y oro. No cabía duda de que eran ellos. Era el regalo perfecto, el detalle único y extraordinario que ella merecía; la más grande prueba de amor.
Señalé un soldado de plomo y pregunté qué cuanto costaba. Me lo acercó para que lo viera. Saqué de mi bolso la pistola y le apunté. Seguramente no era la primera vez que le pasaba aquello, de hecho estoy segura de que es un superviviente, un elegido. Puse el dinero del soldado sobre la mesa y me lo guardé junto con los impertinentes. Hubiera dado la vida por aquel regalo, hubiera matado por él, pero no iba a ponerle un precio.

jueves, noviembre 15, 2007

El personaje II


Magda mira por la ventanilla del tren de cercanías, La Cruz de los Caídos se recorta al fondo, en el horizonte, y brillan las lucecitas de las farolas de las nuevas urbanizaciones, como cirios de Semana Santa en procesión. El atardecer, de abajo a arriba es rosa, naranja, azul clarito y azul. Parece que detrás de la Cruz está el mar, como si fuera el Cristo de Corcovado.
Jose Luis se sienta a su lado y le dice:
- Está bonito ¿eh?
Magda le mira, si fuera su novia y tuviera que admirar algo de él serían las pestañas largas. Las novias y los novios de los feos siempre consiguen adorar algo con ternura, aunque sean las pestañas. O la sonrisa, que es más subjetivo.
Por lo demás es bajito, muy bajito, lleva la barba y el pelo tipo mosquetero y tiene las piernas arqueadas como los jugadores de fútbol. Pero en eso Magda se fijará luego. Ahora sólo piensa que es demasiado bajito y que lo único que podría alabar en él son las pestañas.
Jose Luis le cuenta que tiene una moto de 1100 cc., amarilla chulísima, ahora la deja en la estación y coge el tren para bajar a Madrid porque hace frío. Tan bajito y con esa moto debe ser un tipo muy inseguro. También le cuenta anécdotas de su trabajo, no queda claro a que se dedica, habla de proveedores y merchandising. Magda saca estas conclusiones: Jose Luis es un tipo que se ríe de sí mismo, caballeroso, al que seguramente le gustan por igual niños y perros y apostaría a que le llama la atención la cultura oriental.
-Siempre he querido ir a China- le dice Magda en un momento en el que cree que viene al caso.
-A mí me encanta, con sus pros y sus contras ¿eh?- Jose Luis se sube en sus ojos como si fuera un tranvía- -Es una cultura tan diferente.
-Están muy avanzados- dice ella orgullosa de su acierto.
-Aunque son muy machistas.
-Y comunistas.
Se ríen porque China es machista y comunista. Él se siente ingenioso y ella adulada por la china comunista.
-Te he visto más días, siempre miras por la ventana, me llamo Jose Luis, si quieres tomamos algo por Villalba…tú eres de Villalba, ¿no?
Magda sabe que parece simpática, atractiva, madura, con un punto de melancolía y otro de misterio. Y que la gente se pregunta que porqué está sola.

En el “Momentos” el cantante local imita a Silvio Rodríguez. Magda y Jose Luis bromean sobre distintos temas: el cantante, los parroquianos, el paseo en la moto amarilla, la casualidad. Se aceleran y se frenan, se pisan, se callan. Cada uno se apuesta tras una esquina de sus ojos, para mirar y vigilar a la vez. Jose Luis va al baño y ella se fija en las piernas arqueadas pensando que es varonil. Una mujer se acerca a saludar:
-Llevo un rato mirándote y digo, de qué me suena, y luego he caído: de la tienda. Del otro día ¿te acuerdas? Me llevé el chaquetón del escaparate. Es ideal ¿verdad? Estoy deseando que refresque para ponérmelo. Tenéis cosas ideales en la tienda.
Jose Luis sale del baño y observa unos segundos a Magda, quiere que ella también le mire, se sube al escenario ya vacío y empieza a hacer el tonto con el micro. Ella no responde a sus persistentes reclamos visuales, si no que se centra en el entrecejo de la mujer, no la escucha porque se sabe observada. Siente como si un halo de luz delineara su perfil y brillara entre el humo. Jose Luis no sabe si continuar con el ridículo, no tiene sentido sin su espectadora. Baja corriendo y la agarra por detrás, con un exceso de confianza. La mujer se da cuenta de que sobra, sonríe cómplice a Magda y se va a ver si hace frío para estrenar su abrigo.
Se besan. Es un beso de mucha lengua y mucha baba. Cuando acaban, Magda busca apoyar los labios en el hombro de él para secarse. Le cuesta porque él es más bajito.
Después del beso se cuentan relaciones anteriores.
El bar va a cerrar y enciende las luces a bocajarro.. Magda está sentada en un taburete, con ese balanceo pendular de los borrachos. Apoya el codo en la barra para estabilizarse. Parece una vieja puta del Moulin Rouge. Triste, infinitamente triste, más triste que los payasos tristes y los parques de atracciones abandonados. Se le agrieta la cara y tiene los ojos acuosos por el alcohol. Mira a Jose Luis como si fuera un hijo ahogándose en un naufragio. Le abraza. Tan segura, tan sincera, tan vulnerable. Pone en él la confianza de guiar al barco hundido que hay entre sus piernas.

La casa de Magda es un adosado dentro de una larga ristra de adosados, al final de una cuesta. Bajan de la moto amarilla y entran en silencio. Jose Luis tiene metido en la cabeza el olor de humo y sudor del bar. Magda le quita la cazadora y la cuelga. De pronto a él le gustaría hablarle como a las putas de las pelis porno. La besa con violencia y luego le pide que tomen una última copa, ella se mueve solícita. A él le entra muchísima pereza. Como llamar al banco para pedir un extracto perdido. Como saludar a un viejo amigo de tus padres en un tren. Sale de la casa sin hacer ruido y conduce deprisa carretera abajo, por el rabillo del ojo se suceden las casas y las farolas y las mujeres tristes.

Pasados unos días Jose Luis va en el tren de cercanías a Villalba jugando con su móvil, varios asientos por delante de Magda, con su nuca insensible a los ojos de ella. Magda se da por vencida y mira la ventana, como siempre. Está oscureciendo, las cosas son solo sombras, siluetas rellenas de tinta china contra el cielo, al contraluz del anochecer. En el cristal se refleja el interior del vagón, con los periódicos gratuitos desperdigados, un lugar amarillento, sórdido, solitario, mezcla de urinario público y sala de espera de la Seguridad Social.

miércoles, septiembre 26, 2007

María Isabel

"Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme y no tuviese otra fraternidad con las cosas que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle la fila de vagones de un tren, y una partida pintada desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida."
Pessoa





Eran las dos de la tarde de un caluroso día de julio. Un poco antes tal vez porque estanco estaba aún abierto. De ese estanco, el que está frente a la pollería, sale un chico a toda velocidad, lleva una bici, pero va a pie, claro; sale del estanco, como decía, con un mucho ímpetu y una vieja que pasa por la acera no le ve y chocan. La vieja pierde el equilibrio y cae para atrás, cae casi recta, sin doblar las rodillas, sin amortiguar con el culo, cae con la cabeza en el asfalto de forma tal que incluso rebota. Uno de los peores ruidos que puedes oír es el de una cabeza contra el cemento, otro podría ser el pitido de frenada de algunos trenes de metro.
La mujer se queda inmóvil en el suelo, el chico rápidamente apoya la bici y se arrodilla junto a ella. Me acerco, móvil en mano, y le digo al chico, llamo a una ambulancia. Qué chico tan guapo, madre mía. Morenazo, ojos verdes, barba, piercing en la boca, qué boca...como un Sandokan moderno. Me gustaría quedar con él para tomar algo, cenar, ir al cine. Aunque quizá el chico no está en un buen momento para flirtear. Llamo al 112, pongo voz de urgencia, de peligro, de “joder, tenemos una vida en nuestras manos, compañeros”... El chico también está llamando a alguien para decir que llega tarde, que está al lado pero que ha tenido un accidente. Varias vecinas se arremolinan sobre la mujer y dicen: Maria Isabel, Maria Isabel. Maria Isabel no dice nada, tiene los ojos medio velados y no se mueve. Debe tener unos cincuenta años, de pueblo, con el dinero de la compra arrugado en la mano.
Propongo el tema de darle agua, se crea una discusión: que si es buena, que si no, que si no moverla, que si hemorragia sí, que si no, que si es interno, que si la tensión baja...Acordamos mojarla un poco porque hace un calor terrible. Compro agua y me siento una héroe por estar gastándome 50 céntimos de euro en una causa humanitaria sin esperar reconocimiento. Los mismos 50 céntimos de euro que he querido ahorrarme hace un rato comprando un pack de cervezas de menor calidad. Luego me siento miserable y pienso que la pobre Maria Isabel se lo merece y yo no me merecería ni una lata de cerveza llena de pis porque además por un momento pensé en cogerle a Maria Isabel su dinero arrugado en la mano.
Le echamos agua por la frente y por el pelo, es un pelo como el de las muñecas Nancy, pequeños ramilletes muy separados unos de otros. Alguien dice de avisar a sus padres, que viven con ella. Yo hago parasol con un periódico, para que no le de el sol, como la propia palabra indica. Mi postura es incómoda pero ya nada me importa con tal de salvar a Maria Isabel. Sandokan le habla suave, le toma el pulso. Otra mujer cuenta a gritos su último encuentro, hace un rato en la puerta de la frutería, como si hubiera muerto: Ay, Maria Isabel, si me acaba de dar un abrazo ahí mismo, tan contenta que estaba, ay, mi hermana, si es mi hermana, Maria Isabel, qué te ha pasado. Y la tía le acaricia los pelos de Nancy y luego le pasa la mano sobre los párpados como a los muertos. Ay Maria Isabel, con lo contenta que estabas. Yo le quiero decir a la mujer: Oiga, que no se ha muerto. Pero solo digo “Oiga” porque no es buen momento para mencionar la muerte.
El agua fresquita hace un poco de efecto y Maria Isabel mueve un brazo y la cabeza, le decimos Sandokan y yo muy cariñosamente que no se mueva, que ha tenido un golpe, que si se acuerda de algo. “Venga, Maria Isabel, ya pasó lo peor”. Con lo poco que ha movido la cabeza vemos un charquito de sangre.
Llega la madre, una vieja viejísima. Al ver a Maria Isabel, grita, se lleva las manos a la cara, se echa a llorar sobre una pared. Pero no se acerca. Permanece así el resto del suceso. Los ánimos se exaltan: qué ha pasado exactamente, quién ha sido el culpable...”Se habrá desmayado” o “Se ha tropezado con los pivotes, que este puto alcalde solo sabe que poner pivotoes” “le ha atropellado una bici”, “este es el chico de la bici”. Miro al chico y le digo con mi mirada, sé que no has sido tú, ha sido un accidente, no te sientas culpable. No sé si llega a captarlo todo porque es una micromilésima de segundo lo que un hombre tarda en abalanzarse sobre él. Suerte que tienen miedo de mover a Isabel y no puede haber pelea. Sandokan explica el accidente, intenta parecer sereno pero es poco creíble, a mí misma llega a darme desconfianza. La gente se queda así así.
Isabel boquea como un pez fuera del agua, a Sandokan le asoman unas lágrimas de impotencia que el ojo traga de nuevo y no llegan a darle aliento al pobre pez. La multitud increpa al servicio de ambulancias, al alcalde, a la policía. La madre llora contra la pared, el padre parece ser un viejo con cara de ausente que está a unos metros sujetado por unos viejos similares. Lleva un monedero en la mano, me pregunto porqué, estaría echando la partida o algo así. Aguanta, Maria Isabel, aguanta. Maria Isabel abre la boca y mueve un poco la mano del billete. Qué iría a comprar a esas horas. ¿El pan? Qué faena para darle cambio. Qué familia con el dinero en las manos.
Cuando la ambulancia se lleva a la mujer Sandokan sigue sujetándole la mano, la aprieta un poco, como negándose a soltarla. La aprieta a la par que se muerde el piercing del labio. Yo siento que ya no pinto nada allí. Aprovecho para llevarme el periódico que sirvió de sombrilla, que es del día y lo iba a comprar de todas formas. No puedo evitar pensar que al final he ganado 50 céntimos de euro, porque el periódico vale un euro.
Me alejo sin mirar atrás, sin despedirme de Sandokan, sin querer saber más, como los héroes cotidianos que nadie conoce.
Unos días después, un domingo, tengo que pasar de nuevo por allí. Me da un poco de cosa aunque creo que nunca voy a enterarme del final de la historia. Pienso que a lo mejor lo de Maria Isabel y Sandokan ha sido una alegoría en plan lo viejo, lo nuevo, el pasado, el futuro. La vieja choca con el joven porque no ve que el mundo cambia, pero el futuro le toma el pulso al pasado...Trato de hacer ese tipo de comparaciones. Entonces veo el estanco. Está cerrado y frente a él, en la acera, hay un par de velorios rojos. No me lo puedo creer, ay, Maria Isabel. Me acerco. Bajo los velorios hay sendas postales de la virgen de la Almudena y una nota escrita con muy mala letra que no me atrevo a leer. Creo que está bastante claro que Maria Isabel murió. Me gustaría decirle algo solo porque estuve allí. Pienso en la expresión “tropezarse con la muerte”. No me hace gracia. Quizá puedo poner 50 céntimos de euro al lado de la vela, en plan simbólico. También me parece una gilipollez.
No soy capaz de hacer ninguna metáfora, ninguna parábola, ninguna oración. Hago una foto con el móvil, no sé porque, de recuerdo, supongo.

lunes, septiembre 03, 2007

El personaje I


En Madrid, a 24 de agosto de 2007

Estimados editores, les escribo en relación a su petición de una breve reseña biográfica para la publicación de mi libro “Las miradas del ayer sobre mi almohada”.
Nombre real: Olga Iglesias Durán
Fecha de nacimiento: 28 de abril de 1975
Lugar: Plasencia (Cáceres)
Sé que ustedes serán muy buenos en el campo del marketing y las librerías, pero cómo escritora que soy creo que debo ser yo quién redacte el texto que ilustrará la contraportada del libro. ¿Quién mejor que yo? Nadie. Aquí va:
“Desde niña le gustaba escribir. Su madre siempre comentaba: “Esta niña nunca llegará a nada”. Sus compañeras de colegio recuerdan que era siempre ella la que dibujaba la rayuela en el suelo y que ellas aprovechaban para pegarle chicle en el pelo, especialmente la hija de Mariví. Gracias a esta circunstancia Olga de Iglesias y Durán se aficionó a la lectura y siempre llevó el pelo muy corto. Su primera lectura fue “La Biblia contada a los niños” en formato de cómic, y que este volumen aún le acompaña en sus viajes y andaduras pues según sus propias palabras: “la Biblia es el libro de todos los libros, pero es un tostón de leer sin dibujos”.
En los años de la adolescencia escribió varios principios de novela, ensayo, guiones y poesía y un diario que tiene pensado publicar en esta misma editorial dentro de poco. En estas primeras obras, la portentosa pluma de Olga de Iglesias y Durán, trazaba ya los temas que habrían de acompañarle en sus creaciones de madurez: la muerte, el crimen perfecto, su madre, el pestillo de los lavabos, el amor, la rinoplastia, su madre, la venganza, la hija de Mariví, la minifalda, la invisibilidad.
Se muda a Madrid donde se matricula en Filosofía y Letras y hace un curso de Ofimática. Compagina su pasión literaria con el trabajo en una prestigiosa empresa, llegando a obtener el carnet de manipuladora de alimentos. Escribe Carta a la Madre y se la envía, a lo que su madre le responde: “Déjate de boberías y busca un trabajo decente, la hija de Mariví ya es presidenta de sucursal del BBVA”. Tras psicoanalizarse durante doce años escribe “Las miradas del ayer sobre mi almohada”.
(esta parte es para ser añadida en la segunda edición)
En Junio de 2008 Olga de Iglesias y Durán, tras recibir varios galardones y Premios de renombre dentro y fuera de nuestras fronteras, volvió a su tierra natal para dar el pregón de Ferias. Llegó en helicóptero o limusina Hammer (pendiente de confirmar). La ciudad entera se quedó boquiabiaerta por su extenso vocabulario y su carácter afable y excéntrico y su gran fortuna con la que había rehabilitado su antiguo colegio “El Valle del Jerte”, actualmente “Olga´s great College”. Su madre le pide perdón públicamente y Olga de Iglesias y Durán le compra una aspiradora.
(esta parte es para ser añadida en la tercera edición)
Olga de Iglesias y Durán ha salido airosa de las acusaciones en las que se vió envuelta por la muerte de la hija de Mariví tras comprarle a su madre, Mariví, una Vaporetta. El juez manifestó que la víctima llevaba chicle en el pelo por decisión propia y que tropezó accidentalmente mientras paseaba por un barranco.
(este sería el último añadido)
Tras la publicación de su “Las miradas del ayer sobre mi almohada II”, “Las miradas del mañana sobre mi almohada. La génesis” Olga de Iglesias y Durán murió en 2012 al salvar a la ciudad de Plasencia de un peligroso incendio no provocado en el que desgraciadamente también murió su madre.

miércoles, agosto 15, 2007

La repetición

David entró en la habitación del hotel. Amanecía. Cerró la puerta sin sigilo, seguramente Iván le estaría esperando. La luz blanquecina se filtraba con desgana entre las persianas y moteaba la cama aquí y allá. Iván se hacía el medio dormido o el que acaba de despertarse por un ruido inesperado. Bostezó y un halo de vaho salió de su boca como si fuera un alma huyendo de un cuerpo. David pensó en lanzarse sobre la cama y abrazar a su novio trágicamente como en una tv movie pidiéndole otra oportunidad, jurándole que nunca más, que no era él era el alcohol, las malas compañías, el complejo de Peter Pan, cualquier cosa que pudiera vincularse a grandes sentimientos y no a sus pequeñas mezquindades. También se le pasó por la cabeza volver al antro del que venía y echar otro polvo, total, la faena ya estaba hecha.

David se sentó en la cama fingiendo ahora no querer hacer ruido. Se quitó las zapatillas y los pantalones. Por respuesta Iván se desperezó exageradamente y luego se arropó con la manta. Aquello no era indiferencia, sino sumisión.

David dudó sobre si ducharse o no. Si no se duchaba era un cerdo pervertido. Traía la piel caliente y pegajosa, era una piel asquerosa y confortable como una camisa vieja. Frente a él estaba la puerta entreabierta del baño, el sudor seco de la espalda cobró vida y le resbaló como escarcha derritiéndose en un cristal. Sintió un escalofrío,

Aunque no había hecho su papel de marido arrepentido, Iván esperaba los consabidos “dónde has estado”, “qué horas son estas”, “no aguanto más”, “qué es lo que quieres de mí” de sufrido cónyuge que prefiere ensalzar su abnegación a reconocer su fracaso. David le pidió a Iván que dijera algo. Iván no dijo nada, se sentó en la almohada, apoyado en la pared y miró hacia el lado, hacia la ventana, entrecerrando los ojos como si su débil chisporroteo pudiera deslumbrarle. Su figura quedaba tenuemente oscurecida por el contraluz. Se abrazaba las rodillas bajo las mantas, encogido como un feto. David, semirecostado en el colchón, trató de recordarle en poses más heroicas, por ejemplo cuando trabajaba en la peluquería y se movía como un bailarín, cortando el aire con los brazos, el cuerpo, las tijeras, o acariciándolo con lentos movimientos, como la danza misteriosa de las abejas.

Le vino a la mente otro día de invierno, ese mismo perfil, Iván en otro hotel, otra ventana y un contraluz que le hacía parecer un soldado de Alejandro Magno. No estaba seguro de si aquello era un recuerdo o una fantasía. Por un momento un brillo de admiración rebotó en la nuca de Iván, que devolvió la mirada a David, una mirada cargada de súplica. Mierda, se dijo David. Si los ojos de Iván le hubieran escupido despecho quizá ahora no le entrarían tantas ganas de humillarle. Podía decir una palabra, una broma, un perdón, una mentira y el aire se volvería respirable en esa habitación y el calor se le metería en las venas a ese cuerpo pálido que se ahogaba en el ridículo haz de la ventana. David podía sentir la necesidad de Iván, cómo se esforzaba por sentirle, por atraerle hacia él, por entrar en su mente con perfiles antiguos de Alejandro Magno. Pero no. En lugar de estrujarse el cerebro buscando excusas se dedicó a fantasear impunemente con los chicos orgullosos y comprensivos que le esperaban en las barras de los bares y con hombres exigentes y complacientes que acechaban en los lavabos.

David se levantó de la cama y se quitó la camiseta y los calzoncillos, exhibiéndose, desafiante y provocativo. Iván apretaba las comisuras del labio, parecían de papel mojado.

Al entrar en el baño el calor que le había dado la soberbia se le fue del cuerpo de repente. A solas, con el grifo abierto, sentado en la taza del váter y arropado con una toalla se sintió miserable y pequeño, como un insecto. El agua estaba tibia en vez de caliente y no pudo dejar de tiritar. La bañera parecía gris aunque era blanca.

David oyó como Iván cerraba cuidadosamente la puerta de la habitación. Salió del baño y se quedó plantado en medio de la habitación con los brazos yermos a lo largo del cuerpo, mirando a la puerta, a la cama, a la ventana, sintiendo como se le secaba la sangre en las venas.

Luego bajó del todo las persianas y se metió en la cama, las sábanas eran espesas como agua sucia.

jueves, julio 19, 2007

La segunda persona


Escúchame ¿vale? Está todo arreglado, no hay ningún problema, podemos estar tranquilos. No empieces a menear la cabeza como siempre porque estás pensando lo que vas a contestarme antes de escucharme. A ese tío nos le hemos encontrado un montón de veces en el ascensor y resulta que es ciego. ¿De qué te ríes? Estoy hablando en serio. ¿Te acuerdas de un día que subíamos con mi primo al ascensor y dije que me iba por las escaleras por si no cabíamos pero al final me monté? Venía también El Tacho. ¿Te acuerdas? El tío empezó a hablar de mí en plan “ya no quedan chicos tan educados”, como si no me viera. Nosotros nos descojonábamos. Bueno, pues es que no me veía, es ciego, de verdad: es ciego. Lo que pasa es que no le gusta reconocerlo y hace con que no.
Mujer, di algo. ¿Te crees que me lo estoy inventando? ¿Qué no estoy igual de agobiado que tú?
Joder. Lo he comprobado. He ido a su casa ahora, me ha ofrecido café y no veas la de trompazos que se ha ido dando por la cocina… pero él hace como si nada. Y lo mejor de todo es que dice que es pintor. Me ha enseñado los cuadros. Bueno, los cuadros, por decir algo. Decía no se qué de la perspectiva t no se cuanto y no se veían mas que rayajos… No, no es abstracto. Es ciego, Carmen, joder, hazme caso. Que no ve ni papo.
¿Me dejas por lo menos terminar?
Anoche no se enteró de nada, el hombre estaba despistado en el portal ¿No te das cuenta de que ni encendió la luz? Por si acaso le he dicho que acabamos de volver de vacaciones y no ha dicho nada, ¡además lo primero que piensa la gente cuando te ve con una alfombra no es que llevas un cadáver dentro! ¡No estoy gritando! Fuiste tú la que dijiste que enrolláramos al Tacho en la alfombra para no levantar sospechas. No te estoy echando la culpa de nada, te digo que no nos ha visto nadie y mucho menos un ciego.
Carmen, por favor, no te obsesiones, si ese hombre lleva la misma ropa que el Tacho es por puta casualidad. No llores, por favor. No nos ha visto, ese tío no ve, ni sabe lo que lleva puesto, de verdad, es una casualidad.

miércoles, junio 27, 2007

La paellera

Cuando Sandra envolvía en papel de periódico el último de los seis platos que le correspondían, apareció Carola y se le quedó mirando en el quicio de la puerta. Sandra notó su mirada pero hizo con que no. Como los camareros que no te quieren atender.
Sandra es pelirroja, con grandes ojos y cuerpo menudo de suaves curvas; podría ser la prota de un libro de Danielle Steel. En cambio a Carola me la imagino como Pedro por su casa en el estudio de Warhol, flaca y ajada.
Sandra cogió una paellera del mueble y la echó a la caja con el resto de enseres de cocina, como si fuera lo más casual del mundo
- La paellera es mía. Mamá me la dio a mí.
El comentario de Carola era de esperar.
- Nos la dio a las dos- Sandra comenzó a cerrar la caja con fingida despreocupación.
Carola avanzó posiciones hasta la encimera y su hermana le lanzó una mirada torva. Nunca he sabido lo que significa “torva”, pero debe ser algo parecido una cimitarra turca.
- Si nos da una paellera para la casa se supone que es para las dos- dijo la de la mirada torva.
- Como es para la casa, se queda en casa-con la cara tensa, puestos a hacer metáforas de armas blancas, como la goma de una ballesta.
- Me dijiste que me llevara lo que quisiera.
Sandra hizo un mohín pero no llegó a terminar el gesto porque se dio cuenta de que no era el momento de pucheritos y además no iba a servir de nada.
- Menos la paellera. La paellera es mía- dijo Carola.
- Si no sabes hacer paella.
- Ya aprenderé. Además tú tampoco es que hayas hecho muchas paellas y para cómo estaban, es mejor que no hagas más.
- Carola, por favor, no seas idiota. No la vas a usar. Qué más te da.
- ¿Que no? Mira, me voy a poner a hacer una paella ahora mismo. Una paella enorme. Y lo que me sobre lo reparto entre los vecinos. O me dedico a hacer catering de paella para las oficinas. Es una idea cojonuda. “Tele paella business” puedo llamarlo. ¿Qué te parece?
- Una gilipollez. El arroz se pasa.
Sandra se echó a reir. Con razón, la verdad.
- ¿De qué te ríes?
- Nada, nada.
- De qué te ríes, dí.
- Pues eso, que el arroz se pasa Carola. Que se te pasa el arroz, vamos.
A Carola el comentario no le hizo ni puta gracia. Normal también.
- Cómprate otra. Esta paellera es mía.
- ¿Para qué voy a comprarme otra?
- Pues no te la compres. Qué manía te ha entrado ahora con la paella.
- Te recuerdo que Rafa es de Alicante.
Si Sandra hubiera dicho “te está saliendo una bomba atómica de la oreja”, la reacción de Carola hubiera sido la misma.
- Y a mí qué- contestó. Una respuesta breve, lo único que le permitió decir la furia que estaba sintiendo.
- A Rafa le encanta la paella. Allí hay mucha tradición.
- Más a mi favor, que lleve él la paellera.
- La tiene en Alicante – Sandra se calló un momento, pensando si debía o no decir lo siguiente y justo al decirlo supo que había tomado la decisión equivocada.
- Y mañana queremos hacer una inauguración, en plan amigos íntimos, preparar la paellita fuera y tomar algo…A ver si me da tiempo a terminar de colocar todo y tener la casa un poco decente.
Entonces Carola abrió desmesuradamente los ojos y la boca, como un dibujo animado.
- Primera noticia.
- Como Rafa no te cae bien, no te he dicho nada-Sandra trató de defenderse atacando, como hace mucha gente.
- Nunca he dicho que me caiga mal. Y en cualquier caso no iría por él, si no por la paella. Así a lo mejor pruebo una paella decente en mi vida-Ya digo que lo hace mucha gente.
Sandra volvió a repasar los pros y los contras de lo que debía decir, le dio pereza y se decantó por ocultarse tras una desvaída bandera blanca.
- Vente si quieres.
Carola, por su parte, dejó de explotar bombas dentro para lanzar granadas de palabras contra su hermana.
- No pienso pisar esa casa. Ni ahora ni nunca. Cuando quieras, vienes a verme.
Dando por finalizada la conversación Sandra cogió la caja, con la paellera inclusive. Carola la interceptó, Sandra puso la caja otra vez en la encimera, Carola sacó la paellera y la dejó encima de la mesa.
- Carola, por favor.
- La paellera es de la casa y en casa se queda. Si quieres paella, ven a casa a hacerla.
- ¿Cómo me voy a venir a hacer la paella?
- Haz aquí la inauguración, así estoy yo también.
Eso era bastante absurdo, en otro momento se hubieran muerto de risa, pero en ese no.
- Como quieras- dijo Sandra desenchufando el microondas.
- ¿Qué haces?
- Lo pagué yo, así que es mío. Me lo llevo.
- ¿Vas a calentar comida preparada para los amiguitos snobs de tu novio?
- Voy a hacer lo que me salga del coño.
- Qué a gusto me voy a quedar cuando te vayas.
- Métete la paellera por dónde te quepa.
- Yo no la quiero para nada.
Carola tiró la paellera dentro de la caja y algo crujió. Sin molestarse en contener su rabia, Sandra volcó el contenido de la caja. Cayeron al suelo platos, vasos, cubiertos, un salvamantel, imanes y la paellera, claro. Hubo un gran estruendo, sobre todo por la vajilla hecha añicos, pero ellas sólo estaban escuchando los gritos que estaban deseando dar.
- Que te jodan. Que falta te hace- gritó Sandra.
- Que te jodan a ti: pija, remilgada, egoísta- gritó Carola.
- Amargada, que estás amargada. Envidiosa.
- Mantenida.

Se clavaron las miradas durante un rato. Parecía que se tejía una tela de araña hecha de hierro candente entre ellas y a su alrededor. Luego bajaron la vista al suelo que era como un cristal roto de una foto de bodas. Entonces Sandra cogió un cepillo y se puso a barrer y Carola guardó cuidadosamente la paellera en otra caja.

jueves, mayo 31, 2007

El tono

En la sala 2 del Tanatorio del hospital, Emiliano le da la mano a Fede, el mejor amigo del hijo que se le acaba de morir. Es un apretón que parece el que le da un director de empresa al empleado del mes.
-¿No habéis ido a descansar un rato, Emiliano? Han sido muchas horas.
-Han sido muchas horas, sí. ¿Qué tal está tu padre?
-Mejor. Que deje de fumar le han dicho, pero que tiene cuerda para rato.
-Menudo cabrón el Federico, bicho malo….
Se callan los dos. Nunca muere. El hijo de Emiliano ha muerto con treinta años. Al final Fede dice:
-Qué putada.
Emiliano asiente y se encoge de hombros.
La madre anda de acá para allá como si jugara a la gallinita ciega, con una venda en los ojos. Se mueve sin destino concreto y va derramándose por los sofás, las paredes, sobre la gente, sobre el ataúd mientras grita: “Mi espejito, el espejito dónde yo me miraba, mi espejito me lo han roto”. Es una mujer de pueblo y la metáfora sorprende, pero es bonita. El espejo: su hijo. Fede traga saliva. Emiliano se mira ambas manos y vuelve las uñas hacia él, de joven se las mordía, un día su mujer le dijo que lo dejara y él lo dejó y no volvió a hacerlo más.
-¿Y Rosa?- pregunta Fede.
-Destrozada. La pobre.
Rosa es la nuera, tiene la cara y el pelo mojados de sudor y lágrimas; si no se acabara de morir su marido a alguien podría parecerle una cantante de rock trasnochada, tan flaca, con la mirada hueca y la boca desencajada. Aprieta en la mano un llavero del Real Madrid, o del Valencia. Se lo está clavando en la piel, tal vez para derivar el dolor que siente a un sitio físico y concreto; o quizá lo exprime para sacar de él la sangre que le está faltando. Aunque lo más probable es que sean las llaves del marido y simplemente trata de aferrarse a su recuerdo.
Emiliano baja la vista, se mira los zapatos, son muy cómodos, están viejos, recuerda que los compró en rebajas de verano, pensando en el invierno. Las baldosas están muy limpias. Se fija luego en un sofá, tiene una quemadura de cigarro y las esquinas roídas, se ve parte de la espuma amarillenta de debajo. Permanece un buen rato así, diseccionando con la mirada el resto del sofá a partir del agujero del borde. Hasta que dos mujeres se sientan en él y se ponen a cuchichear, no sabe si son de su velatorio o de otro.
-Si necesitas algo, Emiliano, lo que sea, ya sabes que yo…
-Ya sé.
-¿Y el del otro coche?- pregunta Fede.
-Ahí, ahí. Sigue en la sexta, no saben si va a salir. Tres meses hace ahora y dicen que pueden ser tres días o tres años. Que no se sabe.
Casi seguro que Fede piensa que la vida es injusta y por eso dice:
-Hijo de puta. No deseo mal a nadie, pero es un hijo de puta. Con todas las letras.
Emiliano se pasa la mano por los pantalones para quitar una arruga o una pelusa.
-Yo creo que me estoy quedando tonto- dice.
-Es una putada, Emiliano, la verdad es que es una putada.
-Que me estoy quedando tonto, que con todo esto yo me estoy poniendo tonto.
Los dos pasean despacio siguiendo las paredes de la sala, mirando los carteles como en un museo: los derechos y deberes de los pacientes, las reuniones de madres recientes, los días de donación de sangre, los de prohibido fumar, hay uno muy curioso, pone: “no tenemos complejo de salmón, así que no nos ahumes”. Salen a la calle a echar un cigarrillo.
-No lloro, Federico. ¿Y porqué no voy a poder llorar? Con lo que he llorao´ ya. ¿Es que me voy a poner yo tonto? No tengo yo esa pena que tenía estos meses. Bajo la cabeza y miro para abajo, pero es que tengo los ojos contentos. Que me lo noto. Que no tengo ganas de llorar. Y eso por qué. ¿Es que me voy a poner yo tonto o qué? Si se ha muerto mi hijo y no me da gana de llorar.
-Eso es normal, todavía no lo has asimilado- El amigo de su hijo le hace un gesto para que siga hablando.
-A lo mejor es eso. O a lo mejor es que me da igual. La gente viene y me habla de mi hijo y a mí no me duele. Y le visto muerto, bien muerto, y no se me remueven las tripas. Mira que lo pienso, pero no me sale el llorar. ¿Me estaré poniendo tonto?
-Qué te vas a poner tonto, estás cansado y ya está.
Emiliano asiente. Se encoge de hombros. Se vuelve a quitar la supuesta pelusa del pantalón.
-Vamos para adentro, va a decir la gente que dónde ando tanto rato.
Los dos hombres entran. Se acercan a unos parientes con la ligereza de quien ha quedado con los amigos en el bar. Ellos abrazan a Emiliano, le dan el pésame, enumeran una larga lista de virtudes de su hijo y comentan meneando las cabezas la última ocasión en que le vieron y lo que dijo. No sería trascendente si no hubiera sido lo último: “Nada más nos vemos en bautizos, bodas y entierros”, bromeaba. Emiliano les cuenta maquinalmente el accidente, usando palabras recién aprendidas de la guardia civil y del médico: baja visibilidad, policontusión, siniestro, cadáver, irreversible. Los parientes forman un corro y hacen una crónica de accidentes sucedidos por la zona en los últimos años: los que murieron, los que quedaron paralíticos, tuertos, tontos; lo que hicieron sus familias: lloraron, se cambiaron de casa, el padre que era un borracho, las mujeres que se desentendieron; “los críos esos que iban seis en el coche, a quién se le ocurre”. Un hombre cuenta su operación de cataratas y luego insiste en que las lesiones de rodilla son lo peor, lo más grave, lo más doloroso, lo que más secuelas deja. Lo hará para dar ánimos.
Entonces Emiliano ve al padre del otro chico, tiene la cara colgona, de balón desinflado, avanza hacia ellos hasta quedarse a un metro o así, como si hubiera llegado al final de un trampolín. Fede se envara, quiere proteger algo, a saberse el qué, si su amigo ya está muerto.
-Lo siento- dice el otro padre, más bien, lo murmura.
Emiliano asiente.
-El nuestro ha salido- al hombre le tiembla la voz y la papada como a una gallina- Le han bajado a planta ya.
Ahora es cuando a Emiliano se le tensa el gesto, tanto que por un momento da la impresión de que se le vacían las cuencas de los ojos y se le consume la piel y se ve calavera en vez de cara. Se le hace el nudo en la garganta y cruza los brazos sobre el estómago, que también lo tiene hecho soga. Se deshace entero y empieza a llorar. Deja que el cuerpo le convulsione a cada sollozo. Luego se arrodilla en el suelo y sigue con su llanto más suave, monótono, casi rítmico. Fede y el otro padre tratan de levantarle, muy serios y firmes, como si fuera un niño con rabieta. ¿No entienden que Emiliano no quiere hacer otra cosa que llorar? ¿No parar de llorar nunca? ¿Llorar toda la vida hasta que se muera él también?

sábado, mayo 05, 2007

correlato objetivo

Por las tardes hace un calor insoportable en el Centro de Belleza Esmeralda. Pero es por las tardes cuando trabaja Rocío. Por eso Mari Carmen está allí. Rocío suele hacerle piernas enteras y labio, hoy se ha decidido a hacerse también ingles brasileñas. Qué atrevida. Qué locura.
Mari Carmen está un poco enamorada de Rocío pero tiene veinte años más que ella, por otra parte Rocío le saca dos tallas de sujetador, de la 90 a la 110 también hay veinte. Así que puede decirse que hay cierto equilibrio, como un empate. Mari Carmen no sabe si es correspondida, a veces piensa que sí, a veces piensa que no. Así es el amor.
El último día acabaron discutiendo por las ingles brasileñas.
- Que no me hago yo las ingles brasileñas, hombre, que no- decía Mari Carmen.
- Eres una antigua, Mari Carmen, y una miedica, porque te digo yo que no te va a doler.
- Si no es por doler, Rocío, es que no sé que pinto yo en Villanueva del Camino con las ingles brasileñas.
- Pues anda que no hay señoras que se lo han hecho.
Señoras. Rocío había dicho “señoras”, o sea, que ella era una señora. ¿Señora en el sentido de “vieja” o señora en el sentido de “elegante”? ¿Y porqué quiere alguien verterle cera caliente a una mujer abierta de piernas sobre una camilla? Porque es su trabajo, ya, pero porqué insiste. No es imprescindible llevar el vello púbico al cero.
Ahora está allí, desnuda de cintura para abajo, con sus mejores bragas puestas, sentada, mirándose las uñas de los pies y pensando si no se habrá pasado con el color rojo pero Rocío le dijo un día que las uñas rojas son “lo más”. “Lo más”. Rocío entra y dice:
- Hombre, Mari Carmen, ¿aquí otra vez? Te voy a tener que sacar un bono.
¿Qué quiere decir con eso? ¿Ha notado algo? ¿Se ha dado cuenta de su pasión secreta?
- Es que lo mismo me voy de vacaciones, a un crucero, y quiero estar guapa porque oye, una sigue en edad de merecer.
Toma, muérete de celos.
Rocío echa una escandalosa carcajada.
- Pues claro que sí, Mari Carmen, nunca es tarde si la dicha es buena. Túmbate.
¿Le está llamando solterona? Mari Carmen se tumba en la camilla frunciendo los labios. Entonces ve como Rocío la ha mira de abajo a arriba, o mejor dicho, de abajo a mitad, desde las uñas rojas hasta las caderas, despacio, examinándole las carnes más allá de lo que pueden ofrecer sus poros. Mari Carmen se siente repentinamente sensual y se revuelve con un suspiro involuntario. Las dos mujeres se miran a los ojos unos instantes.
- Vamos allá. –susurra Rocío- Dime si está demasiado caliente.
Se refiere a la cera.
- Por supuesto.
Rocío comienza a extender la cera sobre las piernas de Mari Carmen como si fueran las tostadas del desayuno.
- ¿Y cuando te vas al “barco del amor”?
Ahá, está celosa, piensa Mari Carmen. Decide coquetear un rato.
- Pues no sé. Por una parte me apetece un montón dejarme llevar, yo soy muy de dejarme llevar, pero por otra…A saber la gente qué va y yo ya tengo muy claro lo que quiero.
Al decir esto le lanza a la chica una mirada intensa, una mirada al escote 110, una mirada de te quiero a ti. Rocío levanta con suaves golpecitos el principio de las tiras de cera y luego las arranca una a una sin piedad. Mari Carmen lanza un gritito. Rocío apoya su mano sobre la epidermis enrojecida:
- Quejica eres, mujer. Separa las piernas - Acompaña la orden dándole una palmada en las rodillas.
- Cuidado ahí que ya sabes que soy muy sensible – ronronea Mari Carmen.
Llegados a este punto es cuando Mari Carmen más duda sobre los sentimientos de la muchacha. ¿Es tan delicada con todas? ¿Pone su mano en todas por igual y les amasa la piel para bajar la supuesta hinchazón? ¿A todas les aparta la braga con tanta resolución, como si fuera la dueña de lo que contienen?
Rocío unta la cera en el interior del muslo y sopla a la par. Mari Carmen, siente un escalofrío imposible de sentir en el bochorno de esa habitación.
- Vente conmigo si quieres- suelta Mari Carmen.
La chica está mirando con ojo profesional la entrepierna de Mari Carmen.
- ¿Te vas a hacer al final las brasileñas? – le pregunta por respuesta.
- Sí. Me fío de ti
- Así me gusta- dice Rocío y descansa una mano en la ingle, mientras con la otra arranca las bandas de cera con tanto ímpetu que Mari Carmen no puede reprimir un gemido.
Unas gotitas de sudor se han condensado en el labio de Mari Carmen, así que cuando terminan las piernas, deciden seguir con “la parte de abajo”. Mari Carmen se desnuda del todo, no es necesario, bastaría con quitarse la braga, o remetérsela, pero están como en un horno y ella está fenomenal para tener cuarenta años.
- Estás muy bien para tu edad, Mari Carmen- ¿Ves? Piensa Mari Carmen, ya lo sabía yo. Luego reflexiona ofendida, “lo de para tu edad te lo podrías haber ahorrado, bonita” y dice, zalamera:
- Lo de para tu edad te lo podrías haber ahorrado, bonita.
- Tienes razón – dice con una sonrisa que Mari Carmen interpreta como pícara- Ábrete bien.
Mari Carmen siente una punzada de calor en el bajo vientre.
- ¿Me va a doler?
- Al ser la primera vez, a lo mejor te duele un poco. Tienes que estar tranquila ¿vale?
- Lo qué tú digas – dice Mari Carmen y asiente con un puchero sumiso.
Rocío la reboza a conciencia con el líquido ardiente, desde la ingle, por los labios, rozando incluso el perineo. Mari Carmen se abrasa, pero esta vez no es en sentido figurado si no de verdad: siente que se quema la piel, que se le va empezar a arrugar como el plástico de un chivato al contacto con la ceniza candente del cigarrillo. Aprieta las mandíbulas y sublima el ardor hacia las mejillas. Mantiene el cuerpo contraído, sujeto por unas bridas invisibles que maneja desde los dientes. Por fin, como lava de volcán, la cera se solidifica, incrustada en su carne, pero ya tibia. Mari Carmen resopla. Rocío toca la pasta con las yemas de los dedos, aún está pegajosa. Hay que esperar. Mari Carmen se pregunta para sus adentros cómo es que la habitación no se eleva, con el aire caliente que hay dentro y luego, al oír la pregunta de Rocío, su cuerpo sube la temperatura ambiente dos o tres grados más.
- ¿Y a ti no te gustaría casarte, Mari Carmen?
La Pregunta. ¿Cuál será La Respuesta? Cientos de frases se agolpan en la mente de Mari Carmen como los hombres a la puerta de la Iglesia luchando por cargar a la Virgen el día de la patrona. Al final, dos pujan, a codazos en su frente, por bajar a la boca: “No he encontrado a La Persona (hasta ahora que te he conocido a ti, (opcional))” y “¿Porqué lo preguntas?”.
- ¿Por qué lo preguntas?
- Por que me extraña.
Esperaba que dijera “por curiosidad”. Esto es más de lo que podía imaginar: “Le extraña”, eso sólo puede ser bueno. Mari Carmen traga saliva y coloca en su garganta la siguiente frase con la parte opcional incluida. En ese momento Rocío, a traición, engancha la cera y la arranca con un movimiento brutal, como si manejara una enorme azada; Mari Carmen siente darse de sí la carne pegada a la tira y luego una lija desollándola y un hierro al rojo vivo hundiéndosele hasta las venas. Grita, aúlla mejor dicho, y desencaja la cara para arrojar un borbotón de lágrimas a la vez que solloza como una cría chica. Rocío la mira estupefacta.
- Eso…duele…mucho – dice Mari Carmen entre hipos.
- Exagerada eres, mujer. Venga, que queda otro.
Mari Carmen se tapa con las manos, aterrada.
- No, no, no. No puedo, en serio.
- Tengo que quitarlo, Mari Carmen. No te vas a quedar con esa pinta.
- Por favor, Rocío, por favor te lo pido. Te pago lo que quieras.
Mari Carmen se da cuenta del ridículo que está haciendo, ha perdido su oportunidad con la chica y también la dignidad. No puede evitarlo, no se molesta en ocultarlo. El dolor le sobrepasa, es inhumano, es tortura. Cierra las piernas y se pone en posición fetal. Le da igual lo que Rocío piense pero no va a aguantarlo otra vez.
- Mari Carmen, por favor.
Rocío le habla bajito en el oído y le acaricia la cintura, hasta la nalga, sube a la cadera, al vientre y baja por la cara interior del muslo hasta las rodillas, separándoselas de nuevo con delicadeza.
Eso ha sido explícitamente sexual. No cabe duda. Pero Mari Carmen no puede pensar en sexo ahora. Mira el pelotón de cera en la ingle como el condenado a muerte la soga.
- Ni se te ocurra tocarme.
- Mari Carmen, por favor.
- Te juro que te denuncio.
- ¡Mari Carmen!
- Digo que me has metido mano, que has abusado de mí, que no es la primera vez.
A Mari Carmen le palpitan las venas del cuello y tiene las zarpas clavadas en la cama. Rocío mueve la boca, como si mascara chicle, enarca las cejas y al final la mira con todo el asco del mundo, como se mira una pera mohosa en la nevera o a un escupitajo en el lavabo.
- Que te den, tía loca – le dice tendiéndole un bote de aceite corporal – Quítatelo tú – y sale de la habitación.
Mari Carmen siente su desnudez pegajosa y por un momento desearía derretirse y desaparecer. Se unta el aceite y va descascarillando la cera seca. ¿Por qué le habrá dado el aceite? Podría haberla humillado, dejándola en esa tesitura, hubiera tenido que pedir ayuda, dar explicaciones, pero Rocío se ha preocupado por ella, ¿por qué? Después de todo, quizás…

viernes, enero 12, 2007