lunes, enero 21, 2008

La disgresión

- No me puedes dar esto- dije esgrimiendo un boquerón en las narices del pescadero.

Y continué:
- Sabes que estoy en paro y no te pido que me regales nada ni que me tengas compasión, solo pido un poco de humanidad, un poco de ser personas, nos vemos todos los días, comemos lo que nos das y no tienes la decencia de decir, “boquerones, no, Paula, llévate unas pijotas hoy”. No miras a la cara de la gente ni a la de los peces ni a nada que no sea tu bolsillo. La gente somos más que eso, la gente somos personas y necesitamos que nos cuiden.

Me acerqué a un chico de treinta años que llevaba gafas y una carpeta azul y acompañaba a su madre a la compra.

- Solo pido un poco de humanidad.

El de las gafas apartó la vista y sujetó del brazo a su madre. A su edad, con esas gafas, esa carpeta, del brazo de su madre. Yo antes trabajaba en una peluquería. Tenía un compañero llamado Iván, llevaba unas enormes gafas marrones de pasta y debía tener alguna pasión oculta: los cómics porno, coleccionar navajas o quizá construía muebles con material reciclado. Hablaba poco y no se reía nunca. Me gustaba su cinturón para los peines, me dijo que se lo trajo de Londres.
En la pescadería del Supermercado, la gente me miraba como si estuviera loca. Faustino, el pescadero, que al principio estaba asustado, ahora sonreía como si estuviera en un programa de cámara oculta. Tenía los brazos en jarra, con los puños en la cadera. Un pequeño trozo de carne viscosa se posaba uno de sus puños. Agitó la mano:

- Ya está bien, Paula, todo el mundo tenemos problemas.

Me fijé en que en las uñas llevaba un ribete de sangre reseca. La vista de la unión del pelo con el cuero cabelludo es algo desagradable, blando, prenatal, extraterrestre. Por eso odio los tintes pelirrojos. Si les lavo el pelo siento que estoy removiendo las vísceras craneales del cliente. A mi jefe no le gustaba que llamara a los clientes “clientes”. Había que llamarles por su nombre de pila, sobre todo si son diminutivos: Josito, Patxi, Susi. Mi jefe era calvo y tenía dos bulldogs franceses. Creía en el Feng Shui. Los clientes (Toñín, Cuca) solían hablarme de sus casas, sus viajes, sus perros con Paula. Yo me inventaba revistas que había leído para que la conversación no se marchitase. O les contaba lo que me había dicho otro cliente: “He leído que Etiopía es precioso, en cuanto a paisajes, luego debe ser difícil ver la situación en la que viven”. Es como si traficara con las ideas de unos y de otros. “”Ibiza es genial fuera de temporada”, “El bengué, a mí me encanta el bengué”. Mi jefe prefería tocar temas personales. Se sabía la vida de todos y les daba lecciones de autoayuda. Les decía frases como: “Deja que el río siga su curso”, “es peor la indecisión que equivocarse”, “cuando menos te lo esperes, pasará”.

Además del chico aferrado a las faldas de su madre, había un par de personas más en la pescadería de Faustino. Una vieja que había sustituido sus labios por un pegote de carmín rojo y otra mujer, de cabello ralo, que vestía un abrigo de astracán bajo el que se veían los pantalones del pijama y unas zapatillas negras.

- Cámbiale el boquerón, Faustino, que no tenemos toda la mañana- dijo la mujer del pijama.
- Si no es el boquerón, Juana, es el número que me está montando. Tú sabes que yo soy un trabajador honrado y no me merezco que una tía loca venga a espantarme a los clientes- contestó el pescadero.
- Es injusto. Sólo digo que es injusto. Todos somos parte de lo mismo. Tú, yo, estos señores. Los peces son como tú y como yo.

Yo esperaba que alguien se solidarizara conmigo pero no sucedió y me daban banas de llorar de impotencia. Miré las ristras de peces sobre el hielo, brillantes, ordenados, muertos, apetitosos. Un montón de brazos de pulpo. Con esas ventosas que parecían pequeños anos rosados. Los cangrejos hacinados en varias cajas se revolvían agonizantes. Era dantesco, acabarían ardiendo en el infierno de la cazuela. Levantaban las pinzas y se pisaban unos a otros. Movían las patas como si fueran picos de pájaro pidiendo comida. La otra chica que trabajaba en la peluquería, Miriam, era gogó en un afterhour los fines de semana. Se sentía muy orgullosa. Compraba ropa y complementos a diario: “La ropa es lo de menos, lo que te da el look son los complementos”, solía aconsejarme. Miriam conocía a todos los gays de la ciudad. No hablaba bien de ellos. De las chicas tampoco. No hablaba bien de nadie porque creía que todos la envidiaban. Decía que a los heteros les asustaba una chica como ella.

- ¿Quién va ahora?- dijo Faustino. Los clientes se reagruparon a un lado del puesto y me dejaron sola. Solté el boquerón que aún llevaba en la mano.
- Ponme dos lenguadines- dijo la madre del cobarde de gafas.

De pronto, una alegría parecida a la venganza me invadió de lleno. Se me aceleró el corazón, me cosquilleaban las manos. Noté un vacío en medio del pecho, lo llené de aire para darme valor, apreté los dientes, cogí fuerza y agarré los cajones de los cangrejos y los vertí en suelo uno a uno. La señora del pijama pegó un alarido. De entre los montones caídos comenzaron a removerse decenas de cangrejos como muertos vivientes y, al verse libres, comenzaron a correr histéricos en todas direcciones.

- ¡Corred, corred! – gritaba yo bailando con alboroto como una niña entre columpios.

Los cangrejos corrían, la gente se apartaba y empujaba las estanterías de los alimentos. Las cajas caían. La vieja se desmayó. El guardia de seguridad blandía su porra en el aire comos si los cangrejos volaran. Un cliente, se llevó un porrazo y llamó a la policía. Los dependientes salían de los mostradores, Faustino, a gatas, hizo una trinchera con paquetes de arroz para acorralar a los bichos que no tenían fuerzas para huir. La cola de la caja rompió filas y la madre y el hijo se colaron con dos lenguados robados. Algunos cangrejos salieron a la calle. Uno se coló por una rendija que debía dar al almacén de la ortopedia. Seguramente no sobreviviría, no tendría una muerte heroica pero al menos había escapado de su destino. Moriría aplastado por una prótesis de rodilla en lugar de apartado junto a los guisantes en el plato de un niño.
Yo cogí un cangrejo y lo metí en mi bolso. Para salvarlo. Lo llevaría al mar y empezaría una nueva vida. Luego atrapé a otro. Los soltaría juntos, procrearían, surgiría una nueva especie.

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